Bola de nostalgia (no se dé la lata de leer)
Ya va algo así como dos semanas desde que dejé botado el blog. No es novedad. Como tampoco es novedad el sentimiento que me impulsa a ocuparlo de nuevo. Hoy, aunque la tenía agazapada dentro desde hace rato, la nostalgia ha venido a plantarse frente a mi cara decidida a hacerse sentir. Y la he dejado hacer su voluntad. Son innumerables las razones que ha tenido para venir a reclamar su dominio en mi ánimo, comenzando por el hecho irrefutable de que, pasada la novedad de independizarse, tengo que admitir que cada día extraño más a mi familia (incluyendo a Pascual Verano, el gatito, y a Brenda, la tortuga) y la convivencia con ellos.
El otro viernes mi hermano menor, "Lilbro", me llamó por teléfono. Andaba dando vueltas en Irarrázaval después de ver a su polola y quería pasar a verme. Debo confesar que en un principio le dije que estaba ocupada trabajando (y lo estaba, ¡pero cuándo no!), pero él es bueno para salirse con la suya y yo no soy buena para las negaciones, así es que a los 10 minutos lo tenía tocando el timbre de mi casa. Él dijo que pasaría sólo un ratito, pero al final, dejé botada la pega y conversamos, intercambiamos música, tomamos once, contamos los autos que llevaban banderas chilenas pegadas en el parabrisas o en el capó, eran realmente muy pocos a pesar de que era 17 de septiembre. Tengo que agradecerle su visita, siempre llega como aire fresco a ventilarme las ideas y a recordarme que lo quiero tanto como cuando lo sacaba a pasear en el coche y corría lo más rápido que podía para ver cómo se reía frenético a causa de la velocidad y la emoción. Después supe que los niños a esa edad no se ríen de emoción, sino de nerviosismo... ¡Perdón, Lilbro! Y ahora que ya es un muchacho grande, mayor de 18 y sin haber aprovechado su tiempo de no discernimiento, como dice él, me alegra tenerlo rondando por ahí y por allá y enterarme de las cosas que hace y de sus proyectos e ideas, que a veces me recuerdan mis propias ideas y proyectos cuando tenía su edad.
Y fue entonces que comenzó a rodar la bolita de la nostalgia.
Este fin de semana no fui a almorzar donde mis papás porque tenía mucho trabajo pendiente, pero fue funesto para mi ánimo, ahora me doy cuenta. Mi otro hermano, "Bigbro", contribuyó a alimentar la bolita cuando ayer me anunció que tenía una sorpresa, la cual consistía en recordar el cuento favorito de nuestra niñez (yo pensaba que era sólo favorito mío, pero desde que estamos separados, me he dado cuenta de que nos marcaron muchas de las mismas cosas), que era El gato que iba solo, de Kipling.
De todas maneras, con miles de imágenes de nuestra niñez dando vueltas en el patio de atrás de mi conciencia, seguí adelante con mis interminables quehaceres (interminables porque yo los demoro más de lo necesario) y nisiquiera le contesté el post a mi hermano. Mil perdones, bro! Ésta es mi respuesta y disculpa pública. En la gran mayoría de mis nostalgias de ayer estás presente, como en la de este cuento mágico para nosotros, pero ahora me doy cuenta de que en las nostalgias de hoy también estás, porque cada vez que tenía alguna tontera que comentar, siempre encontraba en ti al interlocutor inmediato y dispuesto y me bastaba con subir al segundo piso de la casa para interrumpirte con alguna de mis nuevas ideas o preguntas y cada vez que lo hice, descubrí que estabas generalmente uno o varios pasos más adelante que yo, a pesar de que yo soy la mayor de los tres. Ahora se me hace un poco más difícil, ya no puedo subir la escalera para encontrarte, ahora tengo que enviarte un mail o llamarte por teléfono y mi pecado es no hacerlo todas las veces que quisiera.
En otro ámbito de la nostalgia, le escribí un saludo de cumpleaños al Marcelo, pensar que lo quiero tanto y a él sí que no lo he visto en un par de años. Me respondió lo mismo que nos escribimos siempre, que aunque no nos vemos, el cariño permanece inmutable. ¿Y por qué no nos vemos? En mi caso, es porque los días se me van en traducir y editar y planificar y lamentarme de que no alcancé a llamar a tal persona, no le escribí a esta otra, se me olvidó hacer esto y dejé esto otro para mañana. Pura mala costumbre.
Para coronar la torta, hoy me anunciaron que mi amiga Caro va a celebrar su cumpleaños mañana en algún lugar todavía indefinido, así es que le pedí a la Geri que me acompañara a comprarle un regalo porque yo soy muy indecisa, y como ella también lo es, la cosa se hace doblemente difícil y después es doblemente más reconfortante salir de la tienda con una bolsa en la mano. Después de la compra, se hizo presente el hambre y el goloseo, así es que fuimos a parar al bravissimo y mientras degustaba despreocupada una copa de helado, sonó mi celular y vi con gran sorpresa que me llamaba mi abuelita para decirme que me echa de menos. Ahí fue cuando la bola de la nostalgia había rodado ya tanto que tenía un tamaño descomunal, llegó hasta donde yo estaba comiendo mi helado y me aplastó bajo su inmenso y redondo cuerpo nostálgico. Y me quebró. Ya no recuerdo cuándo vi a mi abuelita por última vez. Claro que no hablo de meses, seguramente no han pasado más de dos semanas, pero es una eternidad para mí (y para ella) que estaba acostumbrada a verla al menos dos días a la semana, todas las semanas. Mmmm, de hecho, ahora que lo pienso bien, la ví el sábado 18 en el almuerzo patriótico en la casa de mis papás. Pero no me acordé de eso en ese momento y de haberme acordado daba lo mismo, porque el nudo en la garganta no se demoró nada en atajarme el helado que intentaba tragar y la Geri me escuchó balbucear algo así como "Cómo puedo ser tan [piiiiii]ona". Seguro se me llenaron los ojos de lágrimas porque sentí que la Geri me puso una mano en el hombro mientras yo seguía luchando por tragarme el helado y la copa que tenía en frente comenzaba a desdibujarse. Me dolió en el alma no haber siquiera llamado a mi abuelita en todos estos días, porque siempre estoy preguntándole a mi mamá por ella, siempre estoy pensando en ella, pero si no la llamo para decírselo directamente a ella, cómo se va a enterar, cómo va a sentir que de todos modos estoy cerca. Y lo mismo va para mi papá y mi mamá y mis hermanos, el gato, la tortuga e incluso los tres gatos chicos que adoptaron después de que me vine a vivir sola (síndrome del nido vacío me dijo mi mamá que se llamaba eso).
En fin, llegué a mi casa de cabeza a llamar por teléfono a mi mamá. Llegué a mi casa para encontrar el tablero de scrabble en la mesa de centro, todavía con la jugada magistral que realicé hace un par de días en completa soledad. La verdad es que la soledad no me molesta, siempre hemos sido buenas amigas, pero en momentos como éste quisiera correr y abrazarlos a todos. Y eso es precisamente lo que haré, no ahora porque ya es tarde, pero sí mañana, aprovechando que mi abuelita también irá de visita a la casa y que además, está mi tía abuela que viene de San Antonio.
Bola de nostalgia, gracias por aplastarme y obligarme a sacudirte de encima, ahora me siento feliz porque veré a mi familia mañana. El trabajo puede esperar y si no puede, para eso dios creó la noche: para el descanso y para el trabajo atrasado.




